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Rehabitar la Tierra de Gracia: Reflexiones para una Venezuela Pos-Terremotos / Carlos Calles
I. La Tragedia de la Concentración: Cuando el espacio se vuelve una trampa
Venezuela vive hoy una de sus horas más oscuras. Los dos terremotos que acaban de sacudir nuestra geografía nos confrontan con una realidad dolorosa pero ineludible. Las placas tectónicas del Caribe y de Sudamérica han hecho lo que la naturaleza les dicta desde hace millones de años; la verdadera catástrofe, sin embargo, no es geológica: es humana, histórica y estructural. Durante más de un siglo de mentalidad petrolera, construimos una ilusión de desarrollo pegada a las costas. Creamos una economía de puertos y, de manera más grave, una agricultura de puertos donde casi todo se importa. Esta dinámica nos condenó a un desequilibrio territorial aberrante: el 80% de la población se amontonó en apenas el 20% del territorio, precisamente a lo largo del eje norte-costero, sobre las fallas sísmicas más activas del país. Ciudades como Caracas, Maracay, Valencia y Maracaibo colapsaron bajo el peso de la superpoblación. Como bien advertía el escritor e intelectual venezolano Arturo Uslar Pietri en su célebre postulado de 1936 sobre «sembrar el petróleo»: «Si la tonelada de hierro o el barril de petróleo no se vuelven escuela, máquina, tierra arada, sanatorio, capacidad de creación económica y técnica, no habremos hecho otra cosa que disipar la más grande e irrepetible de las fortunas…» No lo hicimos. Convertimos el petróleo en una gigantesca burocracia metropolitana y en rascacielos construidos sobre terrenos donde, según los especialistas en sismología, las ondas telúricas hacen temblar el suelo como si fuera una gelatina. Hoy, la propia NASA estima en 59.000 los edificios destruidos o infuncionales tras el desastre. Si nuestra población hubiese estado mejor distribuida en el vasto territorio nacional, otra muy distinta hubiese sido la historia.
II. Las Lecciones del Pasado: El olvido de la provincia productiva
Para entender hacia dónde debemos ir, es imperativo recordar de dónde venimos. Antes del advenimiento del petróleo, Venezuela tenía una fisonomía muy distinta. En el eje norte-costero y oriental descolcolgaban ciudades de enorme importancia como Cumaná y Carúpano; hacia el occidente, Coro y Maracaibo dinamizaban regiones enteras. Pero la verdadera fuerza del país latía en la provincia profunda. Un caso emblemático es el de Barinas, que llegó a ser la segunda ciudad más importante de Venezuela, solo detrás de Caracas. Conocida con justicia como “la ciudad de las mansiones blancas”, Barinas era el epicentro de una economía llanera basada en la exportación de cueros, cacao y café, productos que nos posicionaron en los primeros lugares de los mercados internacionales. La riqueza ganadera era tal que, en los hatos, la carne a menudo se desperdiciaba porque el verdadero valor de exportación residía en las pieles. A pesar de haber sucumbido a las llamas en dos incendios históricos (el primero en 1814, provocado por los oficiales realistas Tíscar y Puy durante la guerra de independencia, y el segundo en 1859), Barinas demostró la capacidad de la provincia venezolana para sostener el peso económico de la nación. Sin embargo, el motor de esa opulencia colonial y decimonónica ocultaba una profunda injusticia social: descansaba sobre la mano de obra esclava en las plantaciones de cacao y caña de azúcar. Cuando la esclavitud cesó legalmente en Venezuela en la segunda mitad del siglo XIX, los antiguos esclavos no alcanzaron la verdadera libertad; pasaron a ser manumisos, atados a un nuevo tipo de servidumbre donde recibían su paga en fichas emitidas por el propio hacendado y no en moneda de curso legal. Expulsados de las tierras internas de las haciendas por orden de los amos, estos hombres y mujeres comenzaron a asentarse en las periferias de las propiedades, fundando los primeros núcleos de exclusión. Con la llegada del siglo XX y la irrupción de la industria petrolera, los antiguos «Amos del Valle» y los grandes terratenientes corrieron a congraciarse con el régimen de Juan Vicente Gómez para participar del festín de los petrodólares. Las fortunas de estas élites crecieron de forma colosal, pero el campo quedó sentenciado a muerte.
El célebre historiador Federico Brito Figueroa, en su obra Historia económica y social de Venezuela, retrata con crudeza este fenómeno de desarraigo: «El éxodo rural en Venezuela no fue un proceso de industrialización atractiva, sino un proceso de expulsión y asfixia del campo. El campesino no emigró hacia la fábrica, sino hacia el desempleo urbano y el hacinamiento en las faldas de los cerros metropolitanos.» Aquellos manumisos y sus descendientes, atraídos por la falsa ilusión de la riqueza petrolera y rechazados por una estructura agraria moribunda, migraron masivamente hacia el Valle de Caracas y las grandes urbes costeras. Al no encontrar espacios ni voluntad para su integración, se vieron obligados a poblar las zonas marginales, los cerros y las laderas inestables, constituyendo los gigantescos cinturones de miseria que, paradójicamente han soportado el doblete telúrico reciente; mas no el impacto más devastador: el de los de los terremotos sociales, como la corrupción y la desidia. Le dimos la espalda al mundo rural, y la geografía nos ha cobrado el olvido.
III. El Eje Orinoco-Apure: El llamado de Agustín Codazzi
La solución no es reconstruir el colapso sobre sus propias ruinas. Llegó la hora de desconcentrar a Venezuela. Es el momento de volver la mirada hacia el eje central, hacia los llanos venezolanos y el postergado proyecto del geógrafo Agustín Codazzi, quien siendo gobernador de Barinas en 1845 —y antes de ser apartado de su cargo por mezquinas y absurdas rencillas políticas— diseñó una visión de país que hoy recobra una vigencia salvadora. Codazzi planteó la unión de los Andes, los Llanos y la Guayana a través de un gran eje fluvial y conexiones multimodales de carreteras, canales y ferrovías, capaces de incorporar 33 millones de hectáreas al desarrollo rural. Hacia allá debemos marchar. Dejar atrás las agotadas y vulnerables urbes costeras y avanzar hacia estados como Delta Amacuro, Monagas, Anzoátegui, Guárico, Cojedes, Apure y Barinas. Estas regiones no son desiertos estériles; aunque existan arenales en el sur de Anzoátegui o Monagas, no enfrentamos condiciones desérticas imposibles. Son tierras estables, fértiles y bendecidas que ofrecen agua suficiente, llanuras abundantes y una estabilidad sísmica infinitamente mayor. No pretendemos copiar ciegamente la experiencia de Israel en el desierto, pero si nos tocara hacerlo, estamos plenamente capacitados. Venezuela cuenta con sol los 365 días del año y ha demostrado con creces que puede desarrollar una ganadería de doble propósito de primer nivel en pleno trópico.
IV. La Propuesta Agroproductiva: Viviendas y soberanía en el corazón del país
Proponemos un modelo de reconstrucción nacional basado en agrocomunidades y viviendas productivas. No necesitamos rascacielos ni edificaciones de más de cinco pisos en el interior; la seguridad y la eficiencia exigen construcciones de baja altura y diseño estrictamente antisísmica. El viejo mito del latifundio intocable se cae hoy por su propio peso. Las tecnologías modernas demuestran que la productividad no requiere extensiones infinitas de tierra o ganaderías extensivas obsoletas. Los mismos propietarios latifundistas se verán en la necesidad de vender y democratizar sus tierras para integrarse a una economía real. Los intentos gubernamentales del pasado por erradicar el latifundio mediante expropiaciones forzosas carecían de sentido, pues el mercado y la tecnología terminan desplazando esos modelos por sus propios medios. Dado que el Estado actual carece de la solidez institucional y financiera para asumir esta carga —con instituciones moral y financieramente desvanecidas—, el motor de este renacimiento debe ser obligatoriamente el sector privado.
V. Un llamado a no volver a la irracionalidad del pasado
La crisis actual es un doloroso y sangriento llamado de atención. El modelo centralista, dependiente y urbano ha quebrado. Haber concentrado al país en una estrecha franja costera ha sido el acto de mayor irracionalidad en nuestra historia republicana. Desconcentrar democrática y demográficamente a Venezuela, reduciendo la gigantesca burocracia del área metropolitana y llevando la fuerza viva del país hacia el interior productivo, no es una utopía: es un asunto de supervivencia nacional. Hagamos de la tragedia el punto de partida para fundar, por fin, la Venezuela rural, industrial, agrícola y segura que siempre debimos ser. Las tierras de gracia nos esperan.
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