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John Deere es el tractor que todo agricultor quería, hasta que se pasaron de modernos

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Tomy Rohde, con su tractor John Deere. (Imagen cedida)

España.- La marca de maquinaria agrícola lidera un cambio en el sector hacia la computarización. ¿El problema? Muchos agricultores creen que les están dejando atrás.

Hace solo unos días, Tomy Rohde, agricultor andaluz, decidió comprar un nuevo tractor para trabajar sus tierras. No es una decisión fácil y, según dice, menos en España. “No todas las máquinas valen, por el tamaño, los pesos, el tipo de cultivo que tienes, hay que fijarse en muchos detalles“, comenta el empresario. Tras pensarlo mucho se lanzó a por uno, pero lo de nuevo quedó lejos, optó por un Massey Ferguson de 2006, que sustituiría a su John Deere del 1998. Su decisión podría ser la de un trabajador más que decide apostar por algo de segunda mano, pero hay una lectura detrás que va más allá: la agricultura se ha convertido en el último campo de batalla de la tecnología mundial y eso no está gustando mucho a los trabajadores del campo.

El caso de Rohde, que prefiere un modelo antiguo, es uno más dentro de una pelea que lleva marcando el paso del campo en los últimos 10 años. Desde que los fabricantes de maquinaria agrícola, y en especial la marca estadounidense conocida por sus equipos verde y oro, empezasen a colocar tecnología cada vez más avanzada y compleja dentro de sus nuevos modelos. Su transformación hacia la computarización siguió los pasos de muchos otros sectores, como el de los automóviles, que no han parado de incluir más y más tecnología punta en la última década. Con la salvedad de que la agricultura es un mundo muy particular, en el que el derecho a reparar y adaptar la maquinaria se eleva a otro nivel.

El movimiento ha acabado en un choque de trenes en el que, por un lado, los fabricantes se han establecido como la punta de lanza de las tecnológicas, buscando acercar sus firmas cada vez más a nombres como APPLE o GOOGLE, y a sus dinámicas y áreas de negocio. Por el otro, los agricultores han visto cómo su capacidad de reparación y control sobre sus máquinas ha ido mermando. La marca favorita de muchos de los agricultores occidentales se ha vuelto un enemigo que se ha amparado en la tecnología para restarles poder sobre sus productos. Y con ello las demandas se han disparado, también los robos, y los empresarios se han vuelto ‘hackers’.

Rohde es claro: las máquinas modernas, fabricadas sobre todo pensando en el campo estadounidense, pueden acabar siendo un problema para un agricultor español. “Mira, muchos de los nuevos tractores vienen ya sin chasis, solo con el bloque de motor, lo que los hace más endebles y pueden partir por la mitad fácilmente. También se nota en la potencia, mi tractor del 98 se lleva de calle a los nuevos. Y luego tienes cosas internas que echan para atrás a la hora de comprarlos”, señala el agricultor. Él pone el ejemplo de la urea, el famoso ‘AdBlue’ que empiezan a usar incluso los coches. “Si te quedas sin urea, que es básicamente para reducir la contaminación del carburante, se para, literalmente. Y no puedes arrancarlo. Como el motor ya tiene inyección electrónica, pues nada te toca recargarlo o incluso llamar al servicio técnico oficial para poder recuperarlo. No te lo ponen fácil”.

La sofisticación del sector busca, o eso señalan desde hace años los fabricantes, facilitar las labores en el campo y mejorar su eficiencia hasta soñar con la ansiada autonomía total de las máquinas(John Deere ya ha presentado su primer tractor 100% autónomo). Pero entre los labriegos de a pie de medio mundo, esta carrera tecnológica (también incluye a otras marcas como New Holland o Massey Ferguson) se ha convertido en un verdadero quebradero de cabeza. Una evolución que no cuenta con ellos.

placeholderInterior de una cosechadora de John Deere. (Reuters)
Interior de una cosechadora de John Deere. (Reuters)

En un sector como el primario en el que los conductores son en muchos casos los mismos que reparan buena parte de los problemas que tienen sus máquinas y se popularizan las adaptaciones de los equipos para unas labores concretas, que una empresa controle cada detalle de sus productos choca de lleno con la dinámica de los clientes. “Es un problema similar al de los coches, porque al final en ambos casos hablamos de las centralitas y de que cada vez la electrónica gana más poder. Pero claro, el uso que le das al coche es muy diferente al tractor”, comenta Rohde.

Tractores, cosechadoras…

Aunque la máquina que mejor representa esto, añade el agricultor andaluz, son las cosechadoras, convertidas en vehículos de primerísimo nivel tecnológico. Algunas llegan a tener una inteligencia que las acerca y mucho a la ansiada autonomía total, pudiendo seguir al milímetro los caminos marcados en los cultivos sin necesidad de supervisión humana. Pero esas bondades también tienen un lado oscuro.

Para tener tanta precisión necesitan de, y aquí viene una palabra clave en esta guerra, ‘software’ propietario y elementos como potentísimos sistemas GPS que al final el fabricante controla y actualiza a distancia, manteniendo bajo llave sus secretos. ¿Qué ocurre? Que por mucho que tú compres la máquina, su cerebro sigue perteneciendo al fabricante. El caso más llamativo de esto llegó a inicios de este mes cuando una noticia aparecida en el medio estadounidense CNN explicaba que la propia John Deere había bloqueado en Rusia varias máquinas agrícolas valoradas en unos cinco millones de dólares.

Lo habían hecho a distancia después de que los rusos las hubieran sacado de un concesionario de Melitópol (Ucrania) para llevárselas a Chechenia. Es cierto que propia marca no ha confirmado lo ocurrido, y desde su sede en España explican que la veracidad de esta información que “no se puede contrastar”. “Entendemos que en estos momentos, viendo la tragedia de lo que está pasando, un titular como este se difunde muy rápido y a la gente le gusta leerlo, pero una vez más la veracidad es dudosa”.

“Que un concesionario de Melitópol pueda hacer semejante cosa es complicado. Lo que sí que sé seguro y podemos contrastar es que no hay ningún concesionarios en España… ni ninguna persona en todo el equipo técnico de la marca que pueda intervenir en las cajas electrónicas de manera remota sin consentimiento activo del cliente, así que es muy complicado creer que lo haya podido hacer incluso el ejército ucraniano”.

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Foto: Reuters.

¿Puede un fabricante bloquear cualquiera de sus productos a distancia hasta convertirlos en inservibles por decisión propia? Aunque lo ocurrido en Rusia no está confirmado, expertos informáticos y activistas por el derecho a reparar, han usado este caso para recordar el poder que pueden llegar a tener en estos momentos los fabricantes sobre objetos tan importantes como maquinaría que uno compra por cientos de miles de euros. “El caso de las cosechadoras también es particular porque tienen un GPS que va casi al milímetro, prácticamente con la centralita y el GPS trabajan solas. La cosa, claro, es que primero ese GPS es prácticamente lo más caro de todo, uno como el que yo tengo puede rondar los 10.000, pero los modernos llegan a 300.000, y otro es que es un ‘software’ tan moderno que depende todo de él”, añade Rohde.

Este ‘software’ es la clave de toda la pelea en el campo, al igual que lo ha sido también para Apple o Tesla en sus respectivos sectores. De repente, las máquinas agrícolas necesitan de actualizaciones constantes o de un mecánico oficial para poder cambiar alguna pieza. Sin el beneplácito de la compañía es imposible trabajar con la máquina, aunque la hayas adquirido. ¿Y qué ganan los fabricantes con toda esta guerra que pone en su contra a sus principales clientes y su buena imagen de marca? Nuevas vías de negocio.

¿Por qué todos quieren ser tecnológicas?

El ‘software’ que complica cada vez más las máquinas es a la vez una fuente de ingresos brutal para los fabricantes. Su control asegura a los dueños nuevos ingresos con actualizaciones, reparaciones o mejoras. Y además, no menos importante, es una fuente clara de datos que ayudará a los creadores a saber todo de sus clientes y qué línea seguir en el futuro.

Así lo explica Marc Almeida, programador y experto en informática, que señala directamente a esa explicación para intentar entender lo que ocurre con los tractores. Para él, el caso del campo no es algo diferente a otros entornos. Todas las compañías, da igual casi el sector, han visto que con el ‘software’ se abren decenas de áreas de negocio alrededor, formas de facturar más e, importante, controlar ese código incluso cuando el producto ya lo has vendido. Así que, aunque no sea necesario, se le pone ‘software’ a todo”, explica. Por qué quedarte solo con sacar dinero de la venta de un equipo cuando puedes tener un ingreso constante de dinero controlando parte de ese equipo.

Ya incluso los frigoríficos, las lámparas o las televisiones necesitan de actualizaciones constantes y pertenecen solo en parte al usuario. “En agricultura hablamos de grandes maquinarias con utilidades específicas y no quiero decir que no sea útil el ‘software’ en ellas, pero algo que en un punto puede ser bueno, ayudar a automatizar trabajos y hacerlos con más precisión, puede acabar convirtiéndose fácilmente solo en negocio, porque es lo que buscan todas estas empresas. El ejemplo de las ‘smart TV’ es claro. Te meten un ‘software’ para hacer inteligente la televisión, tener acceso rápido a distintos servicios, etc. Pero ¿qué pasa? Que, de repente, como ya ha pasado con Samsung, te aparece un anuncio en el menú que no puedes quitar. ¿Por qué? Porque la televisión no es tuya, eso lo decide el fabricante que controla el ‘software'”.

placeholderEl jefe de tecnología de John Deere, Jahmi Hindman, habla durante la presentación del nuevo vehículo autónomo de la compañía en el CES de Las Vegas celebrado en 2022.
El jefe de tecnología de John Deere, Jahmi Hindman, habla durante la presentación del nuevo vehículo autónomo de la compañía en el CES de Las Vegas celebrado en 2022.

Almeida pone muchos ejemplos, incluso ya hay espejos inteligentes con soluciones similares. ¿Todos estos objetos necesitan ese cerebro para ser útiles, o ganan utilidad con ellos? “No, pero nos han creado una necesidad o lo han revestido de tal forma que parece que todo esto mejora lo que teníamos, y no tiene por qué ser así. Es lo que nos deberíamos preguntar, si todo esto es necesario, si mejora nuestra vida, si ayuda. Porque lo que está claro es que ya está ahí, en cada cosa que usamos o vemos”.

 

La propia John Deere no esconde para nada su paso hacia convertirse en una tecnológica más al puro estilo Silicon Valley. Hasta tal punto llega, que presenta sus novedades en la mayor feria de tecnología a nivel global, el CES de Las Vegas. Es un camino que también siguió desde un principio la marca Tesla, de Elon Musk, conocida como ‘el iPhone de los coches’ y hay otras que siguen el camino contrario como Apple o Google que pasaron de centrarse en el ‘software’ a iniciarse en el ‘hardware’ al ver que la mezcla puede dar grandes beneficios.

Su apuesta por este mundo es tan clara que ya se muestran como uno de los gigantes que más lejos han llegado con el desarrollo de la inteligencia artificial. Y después del covid aseguran haber intensificado más el trabajo en este sentido. Las restricciones en los viajes han mostrado una situación crítica en el campo ante la falta de mano de obra extranjera, y creen que con la maquinaría autónoma se puede suplir esa vulnerabilidad. Sustituir a la mano de obra humana por robots que controlen cada máquina agrícola hasta llegar a explotaciones robotizadas. Pero, ¿quién controlaría esos robots? Todo puede acabar dependiendo de la legislación.

Europa, EEUU y Ucrania

En Europa, como explica Emilio Allué, director técnico de Ansemat (Asociación Nacional de Maquinaria Agropecuaria y Espacios Verdes), la asociación española que representa a los fabricantes de maquinaria agrícola, pese al miedo y las dudas de compradores y activistas, el control de los fabricantes es sustancialmente diferente a lo que ocurre, por ejemplo, en EEUU. Aquí, todo el aspecto de reparaciones y demás viene legislado por el reglamento 167/2013 y es mucho más garantista con los consumidores y “agentes independientes”. Mecánicos o similares que quieran o necesiten tocar alguna de las máquinas agrícolas de una u otra marca.

El texto 1322/2014, que modifica aspectos del reglamento anterior a petición de la Comisión Europea, establece los requisitos que deben cumplir los fabricantes referentes al derecho a reparación y el acceso a la información, permitiendo llegar ahí incluso a agentes independientes “dedicados a la reparación y el mantenimiento de vehículos“. Sobre todo se centra en un aspecto fundamental: el sistema de diagnóstico a bordo o DAB. Esta pieza es básica para poder reparar cualquier pieza del vehículo y uno de los puntos de fricción entre fabricantes, consumidores y mecánicos. Se necesita el visto bueno de la marca para poder acceder a este sistema y, por tanto, reparar el vehículo con el sello necesario para que el sistema interprete que es todo legal y correcto.

En Europa, la Comisión Europea dejó claro que había que incluir en la normativa “disposiciones armonizadas relativas al acceso a la información sobre el sistema de diagnóstico a bordo (DAB) y sobre la reparación y el mantenimiento del vehículo para mejorar la competencia eficaz dentro del mercado interior y el funcionamiento de este. En particular, por lo que se refiere a la libre circulación de mercancías, la libertad de establecimiento y la libre prestación de servicios para los agentes independientes dedicados a la reparación y el mantenimiento de vehículos”. Eso sí, la empresa no puede prohibir el acceso, pero tiene permitido que la empresa fabricante cobre un precio “razonable” por él.

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Decenas de vehículos de John Deere en EEUU. (Reuters)

En Estados Unidos, cuna de John Deere y base de este debate, la guerra es mucho más cruenta. Ha habido varias demandas cruzadas entre todos los actores para intentar acabar con el problema del ‘software’, y llevarse el gato al agua, pero la cosa ha llegado tan lejos que se ha generado un mercado negro de código. Muchos agricultores, como mostraba el medio Vice en 2017, se han convertido en una especie de ‘hackers’ que, ayudados por colegas ucranianos, otro país clave en lo que maquinaria agrícola se refiere, consiguen piratear el ‘software’ de sus máquinas para poder reparar y cambiar piezas sin el control férreo del fabricante.

Deere no se ha quedado atrás en la pelea y ha obligado en algunos casos a los propios compradores a firmar contratos que establecen que ellos no son dueños de la máquina que adquieren, sino que tienen una licencia para su utilización de unos 90 años. Incluso pueden tirar de su costoso GPS (en España sí se han dado problemas con el número de estos artilugios que se roban de tractores y se revenden en mercados secundarios) para controlar si el agricultor ha llevado la máquina a reparar al lugar indicado o no.

 

“Es una historia que tiene décadas, aunque sigamos sin darnos mucha cuenta de ello porque a veces lo pintan como demasiado técnico o ajeno al usuario que solo acepta y disfruta de lo que adquiere. Si nos paramos a pensar podemos llegar incluso a la guerra entre Microsoft e IBM, cuando el primero vio claramente que el futuro estaba en el código y el segundo apostó más por la máquina en la que iba instalado todo. Finalmente la historia le ha dado la razón claramente a Bill Gates”, termina Almeida.

 

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